El actor que eligió el silencio y nadie supo por qué

Pedro López Lagar: la estrella de cine que, en la cima de su carrera, eligió el silencio y nadie supo la razón

Él negaba públicamente que fuera por una secuela de un ACV, pero tampoco explicaba la verdadera causa; falleció en 1977, a los 78 años, tras una década de no emitir ni una palabra

Pedro López Lagar

Guillermo Courau


El arte es expresión, puesto que en él descansan el sentimiento y la emoción, a la espera de que el artista les brinde los recursos para que puedan aflorar. Y de esa multiplicidad de alternativas a las que un intérprete recurre a la hora de actuar, quizás sea la voz la que logre más rápido y mejor esa sintonía mágica que permite que todo fluya.

Por eso, es inimaginable pensar que alguien, que dedicó toda su vida a la actuación e hizo de la palabra su mejor instrumento, de pronto decida interrumpir toda comunicación con el afuera. Pedro López Lagar no fue un actor más, sino uno de los grandes referentes del teatro y el cine. Y también quien tomó, en momentos de su mayor esplendor profesional, la drástica decisión de dejar de hablar para siempre.

Explicaciones hubo muchas, pero fueron todas desmentidas por su protagonista. En una entrevista de 1972, se intentó encontrarle razón al misterio. “Se dijeron muchas cosas sobre la enfermedad de Pedro -decía su mujer, Alicia Paz- porque precisamente hace tres años lo operaron de una callosidad en las cuerdas vocales, muy común en los actores, que le provocaba una gran afonía. Pero eso no tuvo nada que ver, no habla porque no quiere. Su problema no es clínico, sino traumático. Si no pudiera hablar, no diría las dos o tres palabras que usted le escuchó. Cuando lo operaron de las cuerdas vocales, le aplicaron pentotal y habló muchísimo por efecto de la anestesia, habló con la misma voz que le conoció todo el mundo. Pero no quiere”. A su lado, López Lagar sonreía con mirada burlona y simpática. El misterio continuaba.

Por fuera de lo que ocurría en el seno del hogar, donde la gestualidad que el actor mantenía intacta, había suplido al sonido, se hablaba de un cuadro mucho más severo. Una embolia cerebral, en 1967, le había traído aquella nefasta consecuencia, y cercenado su carrera artística. Un camino, por entonces plagado de trabajo: con dos puestas teatrales en simultáneo y un viaje a Chile, para presentar su versión de Panorama desde el puente, de Arthur Miller. Fue este el proyecto que quedó trunco por un ataque cardíaco, seguido del accidente cardiovascular que le habría dejado como secuela la afasia. Todo lo anterior fue cierto, menos, al decir del actor por señas y en traducción de su esposa, este último punto: “Lo cierto es que se ha formado un mundo nuevo del que no quiere salir. Entonces, le va tan bien en este que no quiere volver al otro”.

¿Sería esa la explicación? ¿Realmente la de Pedro López Lagar fue una decisión consciente? Cuando la charla llegaba a ese punto, él contestaba con una sonrisa franca, abriendo los brazos o moviendo la cabeza en señal de aprobación. Sin embargo, aunque aquello fuera una determinación lúcida, todavía quedaba en el aire una pregunta sin respuesta: ¿Por qué?

"Yo no pensaba, ni muchísimo menos, en ser actor", decía
«Yo no pensaba, ni muchísimo menos, en ser actor», decíawiki commons

Mutis por el foro

Cuando era imposible prever su voto de silencio. Cuando todavía los medios hablaban del actor “cuyas palabras moldean imágenes, y la voz, sus manos y la expresión de sus ojos hablan”, Pedro López Lagar recordaba la infancia en su España natal, y el deseo de un camino muy lejano al que transitó después: “Yo no pensaba, ni muchísimo menos, en ser actor. Es más, no quería serlo. Jamás habían conseguido que me aprendiese un verso, uno de esos ‘versitos’ que dicen los niños para asombrar a las visitas. Tenía un miedo terrible al escenario, y por eso ni siquiera me atreví a salir en esas funciones escolares de fin de curso. Mi padre tenía un entusiasmo a prueba de toda clase de inconvenientes. Por ese entusiasmo, durante bastantes años se encargó como empresario del teatro Novedades, la popular sala destruida por un trágico incendio en 1926. Como es natural, yo iba al teatro cuando todavía me llevaban en brazos, pero en mis juegos de chico, junto a todo lo que fuese una actividad manual, como construcciones o carpintería, me divertía imaginándome director de orquesta, pintor. Nunca se me ocurrió representar una obra”.

Más tarde sumó a sus pasiones la fotografía. La creatividad en él siempre estuvo presente, en los juegos de la niñez, en la adolescencia y en la adultez. Y paradójicamente, aquellas pasiones estaban estrechamente relacionadas con la soledad. Con la soledad y el silencio.

“Por insistencia de mi padre para que siguiera el camino de mi hermana Carmen, que había dicho que quería dedicarse al teatro, debuté con un pequeño papel en un teatrito de Madrid”. Y aquel miedo fundacional, lejos de irse, recrudeció: “Salí a escena, dije mi parte lo más rápidamente posible porque estaba deseando que llegase el momento de volver al amparo de los bastidores. Por fin alcancé el momento esperado y, procurando dar la mayor naturalidad a los movimientos, hice mutis. Oí algo así como un murmullo, como risas… No creía haber estado tan bien como para que esos murmullos fueran de aprobación. De repente vi el rostro enfurecido de mi padre. Volví la cabeza y me di cuenta de que mi primer mutis, en lugar de hacerlo por la puerta, lo había hecho por una chimenea figurada en la decoración”.

Luego llegó su trabajo con Margarita Xirgu, que luego de triunfar en España lo traería por primera vez a la Argentina. Con el abrigo del Teatro Odeón presentaron títulos como Doña Rosita, la soltera, La Malquerida o Bodas de sangre, que se convertiría poco después en su primera adaptación al cine.

Él no había elegido al teatro, sino que el teatro lo había elegido a él: “Fue una cuestión de amor propio. Porque alguien dijo que yo no llegaría a ser nada, y entonces me propuse demostrarle lo contrario”.

“Fue una cuestión de amor propio. Porque alguien dijo que yo no llegaría a ser nada, y entonces me propuse demostrarle lo contrario”, dijo sobre su elección por el teatro
“Fue una cuestión de amor propio. Porque alguien dijo que yo no llegaría a ser nada, y entonces me propuse demostrarle lo contrario”, dijo sobre su elección por el teatroIMDB

Mejor no hablar de ciertas cosas

El actor desembarcó en nuestro país en 1937, pero su sociedad con Xirgu duró poco. A comienzos de la década siguiente, el actor siguió su camino. Aunque la versión oficial hablaba de desavenencias en el reparto del dinero, también sonaban fuerte las diferencias políticas que tenían. Mientras la actriz se mostraba abierta y públicamente antifranquista, López Lagar prefería hacer su trabajo y no tomar partido. En ese caso, el silencio era político.

Su labor incansable lo llevó a combinar durante la siguiente década radio, cine y teatro. Así, Shakespeare y Bernard Shaw, dialogaron con Mario Soffici, Luis César Amadori o Luis Saslavsky. Y cuando la Argentina comenzó a quedarle chica, también sumó México, entre los muchos países que lo aplaudieron.

Su imagen se agigantaba, y su personalidad también. “Tengo la vanidad muy bien puesta”, decía aquel que puertas adentro se indignaba con una crítica periodística a su trabajo que no le hiciera justicia. Como ejemplo suele mencionarse su respuesta al comentario desfavorable de un analista: “Al pobre de espíritu que escribió eso lo voy a encontrar un día, y allí mismo le voy a pegar tantas trompadas que, bueno… es una deuda de pago diferido”, dijo con vehemencia española quien, al mismo tiempo, era el mayor crítico de su propio trabajo. Si algo de lo hecho no le gustaba, era el primero en reconocerlo y corregirlo. Su nivel de perfeccionismo y autoexigencia era motivo de admiración en sus colegas. Hasta que en 1967 su vida cambió para siempre.

Su nivel de perfeccionismo y autoexigencia era motivo de admiración en sus colegas
Su nivel de perfeccionismo y autoexigencia era motivo de admiración en sus colegasIMDB

Tal vez será su voz

Así resumieron los medios de la época el comienzo del padecimiento de Pedro López Lagar, el momento en que cortó toda comunicación con el resto del mundo: “En 1967, mientras preparaba la representación de Panorama desde el puente, para lo cual debía viajar a Chile, los graves problemas personales que vivía, especialmente su separación de su segunda esposa y el alejamiento de sus hijos, que se quedaron a vivir en el Uruguay con su madre, le provocaron una aguda crisis nerviosa que derivó en una trombosis cerebral. Allí comenzó su más doloroso drama; poco antes de su enfermedad se había casado con la también actriz, Alicia Paz”.

Desde entonces, y a partir de su problema de afasia, los amigos de la profesión comenzaron a alejarse. O al menos eso contaba Alicia: “Antes estaba siempre rodeado de gente porque era muy generoso, el que siempre pagaba, el que le daba de comer a todo el mundo. Cuando eso se acabó, se acabaron también los ‘amigos’. Además, con el teatro siempre lo estafaron, perdía lo que ganaba en el cine. Muchas veces hasta tenía que poner plata encima”.

Aunque, si el destino había puesto en mute al hombre, no sucedió lo mismo con el actor. En 1972, cuando ya llevaba cinco años sin habla, López Lagar volvió a la televisión interpretando un personaje mudo en la ficción El asesino del silencio, junto a María Aurelia Bisutti. A pesar de la imposibilidad de hablar, a este papel le dedicó el mismo rigor que a todos los anteriores. Y el resultado fue elogiado, tanto por la crítica como por el público. Sus dotes interpretativas estaban intactas. No así su intención por modificar su condición: “Cuando vienen las reeducadoras, él las invita a tomar café, las escucha. Le gusta que vengan. Pero en cuanto lo quieren hacer hablar, no hay caso. Ahí se acaba todo. ¿Qué le vamos a hacer? Si él no quiere, no se puede hacer nada”. Alicia, el último gran amor de su vida, la que mejor lo conocía, estaba convencida de que aquello era una decisión de “su” Pedro. El resto, en cambio, veía el recrudecimiento de una condición médica, a la que el artista se había resignado. El del temple de acero se había entregado a ese universo interno en el que era feliz como podía.

“El artista siempre debe buscar reencontrarse con su pasado artístico. Ello entraña una revancha necesaria y una reconquista imprescindible”. Pedro López Lagar murió a las 11, el 21 de agosto de 1977, a los 78 años. Estaba internado en la habitación 271 del Policlínico Privado de Medicina y Cirugía. No por inesperado, el anuncio de su fallecimiento fue menos impactante. El hombre que no hablaba desde hacía diez años, ahora había dejado sin palabras al mundo.

Y entonces, ocurrió algo inesperado. Mientras transcurría su velorio, en horas de la noche, de una casa vecina llegaron cinco mujeres ancianas, todas vestidas de negro. Caminando muy despacio, una junto a la otra, se acercaron al lugar, se colocaron junto al féretro del actor y, luego de rezar durante unos minutos en un tono inaudible, se fueron en silencio. Tal cual habían llegado.

Nadie supo quiénes eran, nadie las volvió a ver. Solamente unos pocos fueron testigos de aquella despedida íntima, sincera, sentida. Y en silencio.

Por Guillermo Courau

Fuente: La Nación

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