El secreto de la longevidad

A fondo

Mi secreto de longevidad“Mientras estés vivo, podés hacer de todo, no hay límites”

Por Andrea Ventura. Fotos de Santiago Filipuzzi

Cumplir 90 años y seguir activo, haciendo lo que apasiona, lo que se hizo toda la vida, como el primer día. O reinventarse y abrazar una nueva profesión, un deporte, un hobby, pensando que siempre hay un mañana. Ya no son casos aislados de famosos como Mirtha Legrand, que a los 99 años sigue al frente de su programa; Enrique Macaya Márquez, que continúa comentando partidos de fútbol con 91, o Clint Eastwood, que dirigió películas después de cumplir 90. Cada vez es más frecuente tener conocidos o familiares que, con nueve décadas, siguen firmes en sus actividades, trabajando, yendo y viniendo, con energía, con entusiasmo. En la Argentina, según cifras del Renaper, hay más de 200.000 personas que superan los 90 años. Y la tendencia crece. LA NACION inicia una serie de notas con historias de nonagenarios anónimos que viven la vida a pleno. Entre recuerdos y anécdotas, repasan su historia, su presente, sus proyectos y develan sus secretos de longevidad, esos hábitos que realizan, en muchos casos, de manera inconsciente, pero que seguramente son las bases de su larga existencia.

Leopoldo pudo reinventarse una y otra vez, sin que la edad fuera un impedimento nunca

“Mientras estés vivo, podés hacer de todo, no hay límites”. En la boca de Leopoldo Godoy, de 93 años, estas palabras no son una frase hecha. Marcaron su vida y la siguen guiando. Con una infancia difícil, que le dejó heridas profundas que todavía están en proceso de sanación, pudo reinventarse una y otra vez, sin que la edad fuera un impedimento nunca. Su último desafío fue comenzar a escribir hace siete años, tarea que abraza a diario, que lo apasiona. Ya publicó tres libros y tiene listo en la editorial el cuarto, a la espera de poder publicarlo. “Se hace difícil porque necesito que se sigan vendiendo los anteriores -Un manual de vida, La vida profunda y Senderos de meditación- para financiar el próximo. Estoy abocado a eso. La jubilación no alcanza, los ahorros con los años se van terminando y la impresión es costosa”, cuenta en un café del barrio de Belgrano, que suele frecuentar, muy cerca de su casa. Leopoldo tiene un hablar pausado, suave y una memoria intacta que lo hace navegar sin dificultad por los diferentes momentos de su vida, los buenos y los malos, con la misma templanza. Se permite mostrar con las manos cómo eran los bailes y movimientos que lo acompañaron en su etapa de instructor en un centro de bienestar que fundó con su mujer Beatriz Lobl, apenas unos años menor, con la que comparte la vida hace más de 65 años. También entona una canción española que su madre le cantaba cuando era chico y lee fragmentos de sus libros, como si fuera un locutor de radio. Tiene un andar erguido y firme, apenas disminuido por una caída de hace un par de años. “Hago kinesiología para poder recuperar bien la marcha, que es mi objetivo ahora”, se entusiasma. Es padre de Luisina y abuelo de Milagros, de 18 años.

Ya publicó tres libros y tiene listo en la editorial el cuarto

Aunque siempre escribió para él, por gusto, sintió la necesidad de lanzarse al mundo editorial impulsado por una inspiración profunda: “Empecé a escribir porque me daba cuenta de que todo lo que había estudiado y aprendido tenía que dejarlo volcado, porque sentía que era muy valioso. Siempre escribí para las clases que tenía que dar y decidí hacerlo para publicar”. Define a sus libros como manuales de vida que acercan, por ejemplo, a la meditación, al movimiento corporal integrador, al yoga y otras terapias que abordó y enseñó en sus años de profesor. El comienzo de esta etapa de escritor coincidió con el fin de su vida laboral. Cerrar definitivamente las puertas del instituto y dejar atrás su pasado profesional no implicaron una jubilación pasiva. Con más de 85 años, en ese entonces, Leopoldo sentía que tenía mucho para dar, con una salud y una vitalidad que lo acompañaban y le permitían hacer proyectos a futuro. También encontró un camino para canalizar sus conocimientos y experiencia, aunque no esté al frente de una clase. Para él, el gran secreto de longevidad es la actividad física que siempre realizó. Poder expresarse, sacar todo hacia afuera a través del movimiento, el baile libre y la música, sin guardarse nada. “Todos los que practicaron nuestra gimnasia tienen una vida más larga”, asegura. Y, además, recomienda hacer lo que a cada uno verdaderamente le gusta en la vida. “Si eso que se está haciendo es bueno y ayuda a los demás, es completo. Es importante escucharse internamente mucho, mucho”, enfatiza. A veces esas palabras que vienen de adentro se enfrentan con una realidad compleja, que Leopoldo supo sortear en cada etapa de su vida para seguir esa voz interior, en ocasiones disruptora, errática, impredecible.

“Empecé a escribir porque me daba cuenta de que todo lo que había estudiado y aprendido tenía que dejarlo volcado”

De maestro a kinesiólogo

Nació en el barrio de Chacarita y lleva el apellido de su madre, que lo tuvo muy joven. No tuvo relación con su papá: por imposiciones familiares no le permitieron reconocerlo, aunque muchos años después intentó un acercamiento. Pero ya era tarde…, su madre no quiso saber nada. Una ausencia que siempre le pesó. “Cuando era chico no pensaba mucho, tenía que vivir. Fue una lucha, hasta que me encaminé”, recuerda. Empezó a trabajar de muy joven para ayudar en la casa que compartía con su madre y una tía. De joven estudió teatro en el Nacional Cervantes. Cerca de los 30 años sintió una profunda vocación por ser maestro de escuela. En ese entonces trabajaba como dactilógrafo, ganaba bien, ya estaba casado y le costaba animarse a un cambio. La mujer lo incentivó. “Si te gusta, hacelo”, le dijo, afrontando una importante disminución en los ingresos familiares. Con algunas dudas, dio el paso: “Me anoté para hacer el magisterio el último día de inscripción. Era el más grande de la clase con 29 años; mis compañeros me llamaban ‘el tío’”, relata. Luego de recibirse, estuvo ocho años al frente de un aula. “Cuando me puse el guardapolvo de maestro, me sentí reconocido por primera vez en mi vida; siempre estuvo presente el no ser reconocido por mi padre”.

Su gran secreto de longevidad es la actividad física que siempre practicó

Todavía faltaba para el capítulo más importante. De casualidad, por un problema articular, alguien le recomendó que fuera a ver a Susana Rivara de Milderman, reeducadora psicofísica y creadora de un sistema de gimnasia rítmica que le cambió la vida. Además de practicarla, Leopoldo empezó a formarse en esta disciplina que mezcla principios del yoga y la práctica griega. “Ella había tomado la estatuaria de la Antigua Grecia como modelo para desarrollar una técnica de movimientos liberadora”, dice. Hasta que un día, su mentora le aconsejó que siguiera su propio camino, que ya sabía suficiente. Así, junto con Beatriz, fundó en 1972 el Centro Sattva, que significa armonía, abocado a diferentes disciplinas, como la gimnasia rítmica expresiva, en la que se perfeccionó como profesor. Estuvo al frente del instituto durante 50 años, viajó por el mundo contando este sistema y cultivó amistades con alumnos que aún perduran. Para ese entonces, con más de 40 años, volvió nuevamente a empezar: se inscribió para hacer la carrera de kinesiólogo, de la que se graduó. Para el fortalecimiento de su instituto, que recién daba sus primeros pasos, era necesario contar con un título oficial. Ahora le sigue haciendo reflexología a su esposa, como resabio de esos años al frente del centro de bienestar.

Con su mujer, se puso un instituto de un tipo de gimnasia que le cambió la vida

Baile, música y goulash

Los días de Leopoldo comienzan alrededor de las 9 de la mañana y terminan rigurosamente cerca de las 22.30. Su rutina diaria incluye hacer una gimnasia kinésica para mejorar su caminata y también reserva espacio para el disfrute: “Cuando puedo, me pongo música y bailo lo que puedo y, si no me dan las piernas, muevo los brazos, dejo libres las manos para que hagan lo que quieran, pero algo voy a hacer”. Escucha música clásica y española. Y, por supuesto, se sienta en el escritorio horas y horas frente a la computadora -que domina muy bien- a escribir. “Me fui adaptando a todo, del teléfono a la computadora, aunque claro que algunas funciones cuestan más, pero me las rebusco”, se sincera. Con respecto a los hábitos alimentarios, asegura que come menos que antes, que con la edad hay platos que ya no le gustan tanto, pero que mantiene una dieta variada, basada en la carne, por la proteína. También ensaladas, pastas, frutas. Sigue eligiendo el goulash con spaetzle, que elabora junto a Beatriz, descendiente de húngaros, como plato preferido. Mientras su mujer se ocupa de la carne, él amasa la pasta. También se especializa en bifes a la criolla, una vieja receta de su madre. Confiesa que le gusta la pastelería, las tortas, aunque se cuida un poco para no subir de peso. A la noche comen más liviano y suele cocinar Leopoldo.

“Cuando puedo, me pongo música y bailo lo que puedo y, si no me dan las piernas, muevo los brazos”

La vida social siempre ocupó un espacio importante en la vida de la pareja, con salidas con amigos –aunque muchos ya partieron- y asistencia a conciertos, teatros, cines. Hace dos años, en una presentación de Amelita Baltar, una caída le dejó una lesión en la pierna con la que todavía lucha y lo llevó a una vida más hogareña. Ahora camina unas pocas cuadras por día, hasta que la kinesiología le devuelva su andar habitual. El bar lentamente se vacía y la charla, que podría extenderse horas, llega a su fin. Ante la pregunta sobre sus proyectos, no duda: “Quiero escribir dos libros más… o todos los que pueda. Ya tengo los temas. Vivo la vida lo mejor que puedo, sabiendo que se acaba. Lo que viene después no lo sé; yo creo que hay algo más allá. Soy feliz de lo que fui, de todo lo que hice”, concluye con una sonrisa.

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Créditos

  • Edición periodísticaFlorencia Fernández Blanco @florfb
  • Edición fotográficaAugusto Famulari
  • Edición visualAndrea Platón @aplatton

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