El sueño argentino
La historia del inmigrante que llegó sin nada y terminó fundando una metalúrgica clave
Santiago Mogno reconstruyó su vida desde cero y levantó una metalúrgica familiar que hoy emplea a decenas de personas y se adapta a cada cambio del mercado
PARA LA NACIONGabriela Origlia
El italiano Santiago Mogno fue combatiente en la Segunda Guerra Mundial y cayó prisionero de los ingleses. Estuvo detenido 12 años y, al recuperar la libertad, decidió cruzar el Atlántico rumbo a la Argentina porque un primo había tomado la delantera. Después de muchos años de trabajo, empezó a fabricar canastos de metal para soda en el garaje de su casa. Con el tiempo ese taller se convirtió en una metalúrgica que hoy emplea a 64 personas y procesa 3.500 toneladas de alambre al año enfocada en cercos perimetrales y mallas de construcción y que sigue a cargo de la familia.
Santiago Mogno era de Scorzé, un pueblo del Véneto italiano. Joven se había mudado a Roma, a donde vivía una de sus hermanas, en busca de mejores oportunidades. Ingresó al Ejército y era guardia en edificios públicos.
Igual que miles de jóvenes de aquellos años, combatió en la Segunda Guerra Mundial. Capturado por los ingleses, estuvo 12 años preso; seis en la India y seis en África. En esa segunda etapa, un día vio a los carceleros tratando de arreglar una moto que no arrancaba. Por necesidad dijo que él sabía de mecánica.
“No era así, pero se las ingenió, aprendió y así, de alguna manera, estuvo un poco mejor”, repasa su nieta Stefanía Mogno, quien trabaja en la metalúrgica junto a su papá, Luis Mogno, quienes continúan con la tradición iniciada por el italiano que falleció en 2007.
Cuando recuperó la libertad, Santiago regresó a su pueblo, que estaba destruido. “No había futuro -relata su nieta-. Tenían un primo que ya se había venido a Buenos Aires y decide, con otros, hacer el viaje en 1949. Quien los tenía que recibir no fue a esperarlos al puerto y llegaron al conventillo de La Boca a donde vivía porque una persona se compadeció de verlos esperar y esperar”.
Trabajó arreglando máquinas en una fábrica de pastas y en papeleras. Conoció a Alda, también inmigrante italiana, y se casaron. Por entonces él estaba en la fábrica de heladeras Siam, emblema de la industria nacional de los ‘40 y ’50. “Alquilaban una casa que daba a los fondos de la empresa y mi nona le pasaba la comida por la medianera así podía trabajar más horas extras”, dice Stefanía Mogno.
En 1957 un conocido le ofreció unas máquinas de soldadura usadas y empezó, en el garaje de su casa, a fabricar canastos de soda. Su hijo Luis aprendió desde muy chico a soldar y, ya más grande, en motoneta entregaba los pedidos a los clientes.
“El negocio fue bien, les permitió vivir de eso hasta que llegaron los cajones de plástico, entonces hubo que darle un giro”, apunta la nieta. Ya con el nombre de Metalúrgica Mogno en los ’80 empezaron a producir rejillas de heladera y de cocina, con las que llegaron a proveer al 90% del mercado.
Stefanía Mogno comenta que en todo estos años han hecho muchos productos, “de decoración, de cocinas, cunas…Concretaban los pedidos de clientes que llegaban con ideas. Con los cercos perimetrales y las mallas empezamos en la post pandemia. Otra vez hubo que buscar otros nichos porque cambiaron las heladeras, las cocinas”.
La única nieta del fundador tiene 34 años y, aunque aprendió a caminar en la fábrica, se incorporó formalmente a los 19 años. Define a la empresa como su “hermano”, ya que hasta su mamá trabaja en el lugar. “Viví entre los fierros, es la pasión transmitida, está en los genes. Mi nono estaba en silla de ruedas y seguía viniendo”, subraya.
La metalúrgica -que ahora tomará el nombre de la marca de sus cercos y rejas electrosoldadas, Infilo- tiene una planta en San Justo y otra en el Parque Virrey del Pino en La Matanza.
Por Gabriela Origlia
Fuente: La Nación