Recordando a Tita Merello
El aura de una diva plebeya imposible de olvidar
Una muestra en el Palacio Libertad reúne películas, imágenes de archivo y de fotógrafos argentinos, registros sonoros, documentos y testimonios, junto con obras de artistas contemporáneos
PARA LA NACIONMaría Paula Zacharías

Transgresora, enamorada, artista de leyenda y diva plebeya. Tita Merello es inolvidable, y una gran exposición en el Palacio Libertad la pone en escena. En fotos, canciones, cartas, vestidos y películas, la gran artista del pueblo se pone en diálogo con obras de arte contemporáneo inspiradas en su figura.
“Es una experiencia para volver a escuchar la voz de Tita, para ver su presencia cinematográfica y su actuación, que era sumamente performática. Y también, para pensar acerca de la vigencia que tiene todavía hoy”, invita la curadora, Lucía Ulanovsky. Al ingresar en la primera sala, la 203, (sigue en las 204 y 205), reciben de frente los retratos icónicos que le tomó Annemarie Heinrich. Reluce un vestido brillante que lució en alguna temporada marplatense. Del techo cuelgan cinco metros de un papel liviano y luminoso, del que escapan dos diminutas piernas de mujer. Es el Aura de Tita, según la artista Aili Chen.
Pero Tita Merello nunca se olvidó del hambre y del frío, el desamparo en el que creció, y en su desparpajo siempre habló con huellas de esa infancia terrible. Nació como Laura Ana Tita Merello en San Telmo, en Defensa 715, y a los pocos meses su padre murió. Su madre era una sirvienta pobre, que no podía mantenerla y la envió a un asilo en Villa Devoto. Más tarde fue criada en Montevideo a cambio de cama y comida. A los once, ya tenía todo ese camino recorrido, cuando fue enviada al campo, donde fue peona de un campo donde había siete hijos varones: ella les preparaba el desayuno, hacía el asado, ordeñaba vacas. A los 15 vivía en un banco de Plaza Lavalle. Nadie le contó lo que es la miseria.
La calle Corrientes fue su casa, al punto de que legó sus recuerdos y pertenencias más queridas a Eduardo Dosisto, presidente de la Asociación de Amigos de la Avenida Corrientes. Empezó a trabajar como corista y bataclana cuando todavía no sabía leer ni escribir, en los cabarets de las zonas bajas de la ciudad.
En Bataclán, nació su estampa de vedette rea. Entre sainetes y revistas, Tita fue ganando terreno hasta que en 1932 Francisco Canaro la eligió para protagonizar la comedia musical La muchachada del centro. Pasó de los locales nocturnos a las grandes giras por Argentina y Uruguay. De ese tiempo, se ve en la muestra un fragmento de ¡Tango! (1933), su debut en el cine en la primera película sonora argentina. También está Mercado de Abasto, película de 1955 dirigida por Lucas Demare, donde Tita interpreta el eterno Se dice de mí.
Un capítulo aparte, su romance con Luis Sandrini. La artista Leticia Obeid transcribió las cartas que se mandaban, para que el público las pueda leer: perrito limonero, le decía ella. Fue un amor de novela, contrariado, con un final abrupto: a Sandrini le propusieron trabajar en Madrid, y quería que Tita fuera detrás de él. Pero a ella le habían ofrecido hacer Filomena Marturano y optó por su propia carrera. Fue uno de los grandes papeles de su vida, un éxito teatral que después saltó al cine. Se consagró entonces como la gran actriz nacional. Tanto fervor despertaba que sus películas se estrenaban en simultáneo en el Gran Rex y en el cine Ópera, justo enfrente. Las marquesinas gritaban su nombre y la ciudad se rendía a sus pies.
Ese mundo está en las obras de Marcela Oliva, que modela en resina las típicas fachadas art decó de los teatros. Lolo y Lauti instalan una gran obelisco, mientras en el video Fechorías, hay bailarines con sombreros de los edificios más icónicos de la ciudad. Las marquesinas brillan en luces de neón: Ambassador, Gran Rex, Ópera. Otra sala simula un cine, con cuatro butacas aterciopeladas donde sentarse a disfrutar de fragmentos de Amorina y Los Isleros. Una pincelada de lo que fue su paso por el cine, en treinta películas, en las que cantó su repertorio tanguero y encarnó mujeres aguerridas y valientes como ella misma.
En una vitrina están dos matrices de LP, y se puede escuchar con auriculares las dos grabaciones que contienen: Paquetín, paquetón, y Trabajar, nunca. En el tango, fue rupturista. Con una voz y un estilo inusual para los años treinta, elegía letras de fuerte carácter arrabalero o cómicas, con un lunfardo profundo, y palabras mal dichas, que incomodaban a los sectores más conservadores y despertaban complicidad en el público.
Su carisma era imparable. Pero siempre estaba esa huella de franqueza y desparpajo, de quien ya vivió mucho. Hablaba directamente a las mujeres: “No hay que dar por el pito más de lo que vale”, “Soy una mujer pensante, por eso no me casé”, “Muchacha, hacete el Papanicolau”. Una avanzada en su tiempo. Ya de grande siguió con este diálogo directo con sus seguidoras, en Sábados Circulares, el programa de Pipo Mancera donde tenía su propio bloque, Charlando de todo con Tita. En 1981, bajo el nombre Todo Tita por ATC, cautivaba con su inefable mezcla de anécdotas, tangos y consejos a las mujeres.
Se dice de mí / Se dice que soy fiera / Que camino a lo malevo / Que soy chueca y que me muevo / Con un aire compadrón / Que parezco Leguisamo / Mi nariz es puntiaguda / La figura no me ayuda / Y mi boca es un buzón. No, no era hegemónica, sino que Tita tenía su impronta y, con apenas un metro cincuenta, una presencia escénica capaz de opacar a un ejército de barbies. “De belleza inusual para la pantalla, con una voz grave capaz de alternar gracia y dramatismo, Tita Merello rompió con los cánones dominantes de la época. A comienzos de la década de 1940, el cine argentino asistía al auge de las películas protagonizadas por mujeres jóvenes, como las mellizas Mirtha y Silvia Legrand, donde el romance y los conflictos sentimentales estructuraban el núcleo narrativo. Siguiendo el modelo hollywoodense, estas figuras encarnaban un ideal femenino asociado a la juventud, la delicadeza y la pertenencia a entornos familiares acomodados. Merello se situaba en otro registro. Actriz que rozaba los cuarenta años, sus personajes iban de la heroína sensual a la mujer del escándalo: urbana, arrabalera, frontal y nocturna. Su imagen y su espesor dramático ampliaron el repertorio de divas posibles dentro del cine nacional”, analiza la curadora.
De todo esto, en la exposición hay testimonios vivos, como las fotos que guardaba en una caja de zapatos, que ahora están copiadas en un álbum de recuerdos, que se puede mirar en una sala oscura, donde hay una silla y solo se escucha la vos de Tita, contando fragmentos de su vida. Es una instalación sonora de Sol Rezza, La voz que sigue, que toma retazos de una entrevista realizada por Antonio Carrizo.
Para recrear su vida, recurrió a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Argentina Sono Film, Asociación Amigos de la Avenida Corrientes, Peatonal Lavalle y Obelisco, Fundación Cinemateca Argentina, Radio y Televisión Argentina (RTA) y Teatro Nacional Cervantes. “Este homenaje invita a escuchar, mirar y sentir la persistencia de una voz que todavía nombra lo que somos. En ese cruce entre archivo y creación, la muestra construye un espacio de encuentro en el que la historia personal se vuelve colectiva y el legado artístico se proyecta hacia nuevas generaciones”, señala la curadora. Podrán decir, podrán hablar / Y murmurar, y rebuznar / Mas la fealdad que Dios me dio / Mucha mujer me la envidió / Y no dirán que me engrupí / Porque modesta siempre fui / Yo soy así. Imposible no quererla.
Para agendar
Tita Merello. Una diva plebeya, en el Palacio Libertad, salas 203, 204 y 205. De miércoles a domingos de 14 a 20, con entrada libre y gratuita.
Fuente: La Nación