Hipódromo de Palermo: historia y futuro

El Hipódromo de Palermo tiene mucha historia, ahora busca un futuro

Por Jesús Allende / Fotos Nicolás Suárez y Archivo La Nación

Los siete jockeys cruzan el codo y el zaino de William Pereyra despega, reduce al resto de los caballos a una tropilla rezagada en el Gran Premio República Argentina. Después de una jornada gris, el cielo enmarca un atardecer rosa tornasolado sobre la pista recorrida. Al frente, en la línea de visión de los jinetes asoma, de una nube, la luna llena reluciente que ignoran. La mirada la concentran en un único punto, el disco de la meta. Need You Tonight aventaja en los últimos trescientos metros de unos extenuantes dos mil. Su nombre suena relatado en los altoparlantes como síntesis y expresión del deseo de todos los competidores, en aquel derby, de ganar los $100 millones. Las torres de luz se encienden al igual que el público en las tribunas abarrotadas que arenga a los pingos en la recta final. El resultado corona de flores a Pereyra y a su caballo, que esculpen sus firmas en la historia junto a otros gigantes del turf. El público aplaude y los ilumina en el podio con cientos de linternas de celulares. Es un evento especial, el festejo de los 150 años del Hipódromo de Palermo, en los que el predio ensaya la fórmula para subsistir sin perder su identidad burrera. El aniversario lo alcanza en plena reconversión. La crisis del sector, el cambio de época y la competencia con otros entretenimientos volvió obsoletas que sus 57 hectáreas, en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires, se ocupen exclusivamente en las carreras. Los más entusiastas auspician un turf vigente los próximos 150 años. Los menos, observan de cerca los altos costos de la industria hípica y los cambios de tendencia en los hipódromos del mundo, donde transformarse es la regla. La convocatoria del 1 de mayo tuvo largas filas en las cabinas con un boom de $2100 millones apostados. Los foodtrucks, restaurantes, salones y las tres tribunas principales estuvieron repletos; los animadores de disfraces espejados, shows, sorteos y un trencito de la alegría, para experimentar la largada desde la gatera, fueron postales que no reflejan el día a día de la actividad, pero si la aspiración de Hapsa, la actual concesión, de recuperar la masividad en las gradas. A los caballos y el casino hoy se agregan los recitales, ferias e incluso competencias de E-Sports, además de proyectos para desarrollar paseos parquizados y visitas por la reserva natural y lagunas entre sus pistas. A los clásicos burreros, de boina y revista del turf en mano, se acoplan las familias y un público en general, ajeno a las carreras. Prácticamente toda la historia porteña la atraviesa el turf. Precede a los tangos de Gardel, y persiste en la cumbia de La T y La M, que tuvo a cargo el cierre turfístico. Palermo y sus caballos superaron el tiempo y visitarlo es dar con los vestigios del Buenos Aires arrabalero de 1876, la atmósfera rural de sus caballerizas, la unión entre la “cuna de reos” y la élite, y los jockeys, que en la Argentina antecedieron a los futbolistas en el papel de héroes populares. Los años transcurren y a pesar de los cambios se mantiene una constante: en Palermo se corre.

<span class=nd-epigrafe-etiqueta>Historia. </span> Con 57 hectáreas en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires, el hipódromo está buscando reconvertirse
Historia. Con 57 hectáreas en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires, el hipódromo está buscando reconvertirse

“Abrió con una tribuna completamente distinta, de madera y techos de chapa, pero el trazado de la pista de arena es el original y de los más famosos del mundo. En 1906 se hizo la Tribuna Oficial, de estilo neoclásico francés y de una belleza poco común que diseñó Louis Faure Dujarric”, dice Antonio Bullrich. El presidente de la comisión de Carreras es la cuarta generación en su familia en dedicarse al Sangre Pura de Carrera (SPC), la raza traída de Inglaterra con la que se compite. Su bisabuelo, Adolfo Bullrich, –que le da el nombre a la avenida que desemboca en el Hipódromo– fue de los primeros martilleros en comerciarlos en 1890, antes de ser intendente de Buenos Aires. Las versiones acerca de la primera carrera en Palermo son difusas. Algunas refieren a una inauguración oficial con 10.000 espectadores y la victoria de un caballo bautizado Resbaloso. Otras señalan que aquel 7 de mayo de 1876 el evento se suspendió por una tormenta y para no defraudar a los aficionados se improvisó una carrera al trote, un desafío a dos vueltas entre los “moros” de Rodolfo Álzaga y los de Juan Cruz Varela. Una crónica de LA NACION de la época reseñó la victoria de Álzaga. Su contrincante, herido en el orgullo por el resultado, se escudó en que de haberse corrido a tres hubiese ganado porque los suyos “eran más resistentes”. El predio rápidamente quedó bajo la administración del Jockey Club, fundado por Carlos Pellegrini, y tuvo su edad de oro. “En 1927 se sumaron las tribunas Paddock y la Especial para gente elegante y de alto nivel económico. Al fondo abrieron las populares, siempre repletas. Pagaban una entrada mínima y se colmaba con hasta 70 mil personas. Era en lo único en lo que se podía ir a apostar en el país; de entretenimiento no había más deportes que el fútbol y un poco de automovilismo en el interior”, dice. En los retratos de la época se aprecia la marea de “funyis”, aquellos sombreros que eran parte de la vestimenta habitual de tangueros, trabajadores e inmigrantes.

Tradición. En la Villa Hípica de Palermo el clima es campestre y la rutina se mantiene igual que hace más de un siglo

Bullrich entrega los trofeos a jockeys y propietarios en las 19 carreras de los festejos y con orgullo cuenta que conoció personalmente a la leyenda del turf Irineo Leguisamo. El jockey, uno de los máximos campeones del circuito, compitió con Lunático y otros caballos de Gardel, un habitué de las gradas e intérprete sagaz de las penurias y pasiones de los burreros. El zorzal, también, le puso voz al tango “Leguisamo Solo”, un equivalente al más contemporáneo “maradó maradó” del potro Rodrigo. En la Villa Hípica de Palermo se conservan todavía algunas de las caballerizas, o studs, originales. El Turf, fundada en 1907 por la familia Menditeguy, es de las más antiguas que compiten. Los colores de su chaquetilla salmón, gorra azul y borla oro, debutaron con la Triple Corona –que incluye los premios Polla de Potrillos, Jockey Club y Nacional– el máximo galardón que consiguieron en 1908 con Chopp, un SPC que una vez retirado en laureles fue destinado a padrillo. Allí, el clima es campestre y la rutina se mantiene igual que hace más de un siglo, los cuidadores comienzan a las cinco de la mañana, con rastrillo y baldes limpian las camas de paja y establos, y a las seis salen a la pista de prácticas a entrenar con los galopadores y jockeys. “El turf es nuestra vida y la única manera de arrancar es si amás a los pingos”, dice Mario, peón de El Turf, mateando con los serenos y cuidadores en la previa al gran premio República. “Lo más difícil es estar todos los días, pero cuando gana uno de los nuestros tocás el cielo con las manos”, se emociona. El stud pertenece a Carlos Menditeguy, tercera generación en su familia. En su haras cría 30 caballos al año para la venta y el remanente de lo que no vende lo reserva para que compita con los colores de la caballeriza. Aquellas crías comienzan la doma recién a los dos años y después se los entrena. “Son pocos los que tenemos hoy en entrenamiento, tres o cuatro. Criar y tener purasangres es solo para gente apasionada, porque no es rentable”, señala Menditeguy. El propietario sostiene que el costo de mantener y entrenar a un caballo es muy superior a lo que se gana. “Están bajos los premios. En la Argentina, una gran carrera paga alrededor de 50 mil dólares, mientras que en Estados Unidos alrededor de 1 millón. Es casi imposible ganar porque el turf argentino es demasiado competitivo. Tiene jockeys de primer nivel mundial y el rendimiento de la media de los caballos es inigualable”, dice. Y agrega: “No es un buen momento para la actividad. Quedan pocos grandes haras, este año desaparecieron muchos, otros se redujeron y bajaron los nacimientos. Argentina pasó de ser el cuarto productor mundial, con un pico de 8.000 anuales, a no alcanzar los 6.000 este año”.

<span class=nd-epigrafe-etiqueta>Legado. </span> Prácticamente toda la historia porteña la atraviesa el turf, los jockeys antecedieron a los futbolistas en el papel de héroes populares
Legado. Prácticamente toda la historia porteña la atraviesa el turf, los jockeys antecedieron a los futbolistas en el papel de héroes populares

El escenario que describe se replica en el mundo. En Estados Unidos, Inglaterra, Irlanda y Francia la actividad se está reestructurando. En Argentina, se suma la crisis económica que impacta en los insumos y las pensiones. Mantener un SPC oscila entre los $800.000 y 1.000.000 al mes. Sin embargo, la ocupación en los studs de Palermo se muestra ajena a la coyuntura: en sus 87 caballerizas aloja 1080 ejemplares y hay una lista de espera de propietarios que aguardan la habilitación de nuevos espacios. Suele repetirse entre los burreros que por cada SPC hay diez personas trabajando para que lleguen a la pista. Se estima que la industria del turf aporta al empleo entre 70 y 80 mil puestos de forma directa y que la cifra se estira al millón si se traza el desarrollo del caballo desde el campo al paddock. Palermo tiene 350 empleados destinados exclusivamente al turf, y recorriendo los studs uno se encuentra con oficios de antaño, como los maestros herreros, a los que la tecnología no reemplazó. “Es un arte que se está perdiendo, pero no se puede hacer de otra manera”, dice el herrero Luis Fraga, mientras enrosca con un brazo la pata trasera de Marcha Segura, una yegua que sostiene un peón. Le limpia y lima los vasos y después martillea sobre un yunque las herraduras, calculando a ojo y con precisión las dimensiones de sus cascos. “Aprenderlo lleva tiempo, estudio y riesgos. Me comí unos cuantos patadones en los 20 años que trabajo en Palermo, es parte del trabajo”, se ríe mientras hierra. El trajín lo hace agitarse y transpirar. Tarda cuarenta minutos. Al día se ocupa de diez caballos. Distinto es el caso de las gateras, que evolucionaron desde una versión rudimentaria de una cuerda extendida sobre la salida, a estructuras de madera con boxes numerados, y finalmente las de puertas automáticas que se usan en la actualidad. En vísperas del aniversario, Hapsa invirtió 300.000 dólares para importar nuevas de Australia y estrenarlas en el República. «Me llevó un mes construirlas y dos días armar y unir toda las piezas mecánicas”, cuenta en un inglés cerrado, Leslie Baker, junto a su equipo. Con 80 años, el ingeniero viaja por los hipódromos del mundo. “No me gustan los caballos, mi pasión son las máquinas”, confiesa. Por la competencia, el sector de jockeys es un ajetreo. “Tenemos que ser muy ordenados porque repartimos cientos de chaquetillas y las carreras son una tras otra”, cuenta detrás del mostrador Ángel, utilero de 45 años. Cada chaquetilla tiene su combinación especial y patrón único de estrellas, diamantes, rayas, tréboles o lunares. Las “sedas”, en la jerga, no se pueden repetir por más de que una caballeriza haya desaparecido, como el caso de históricas, como Las Ortigas y Ojo de Agua. Los colores están protegidos a perpetuidad, y pasan de generación a generación en las familias. “Este año hay menos inscriptos y están viniendo pocos caballos del interior. Ganan más, porque compiten frescos, aunque el turf siempre da sorpresas”, dice Ángel y le entrega el uniforme a un jockey que aprieta el paso hacia el vestuario.

<span class=nd-epigrafe-etiqueta>Festejo. </span> William Pereyra festeja su triunfo montado en el zaino Need You Tonight
Festejo. William Pereyra festeja su triunfo montado en el zaino Need You Tonight

En los boxes veterinarios, el suelo es de tierra y los SPC son revisados a contrarreloj antes de competir “En mis cincuenta años en Palermo vi de todo”, cuenta Claudio, veterinario, que revisa la cartilla de un alazán. “El turf siempre dependió de la gente grande y ahora la empresa quiere nutrirse de los jóvenes, no hay juventud entre los burreros. Se están mejorando los premios y hace años se sacaron los paredones de Libertador, quedaron las rejas para que se vea desde afuera y que la gente se acerque y aparte de las carreras pueda comer y pasear”, agrega. En cuanto al futuro del predio Federico Spangenberg, Gerente Hípico de Hapsa señala que es una prioridad conservar la identidad del turf, si bien aclara. “Palermo quedó inutilizado para ser solo un lugar exclusivo de carreras. De los 120 días de carreras al año se llena solo cuatro veces con los grandes premios. El resto, las tribunas están vacías. En el mundo, los centros hípicos se están reconvirtiendo en espacios de entretenimiento integrales. Ese es el camino”, dice Spangenberg que monitorea la competencia desde la torre de los starters, entre la tribuna Oficial y Paddock, cerca del reloj centenario alemán que es uno de los emblemas más reconocidos de Palermo. Después agrega: “Hoy se transmite todo por el streaming y la televisión y se puede apostar a distancia. Lo mejor es que se use todo el predio, que es espectacular. Es tiempo de abrir el espacio a las familias y que se vuelva un lugar de paseo”. Desde la organización estiman que el aniversario convocó a 100.000 personas, una concurrencia que superó sus expectativas. En la terraza de la Tribuna Paddock hay cocktelería y suena la música lounge. Más lejos, en los vestuarios, el ambiente es distendido, risas y chicanas entre los jinetes veteranos y aprendices, todo saturado por el volumen de la cumbia. Un televisor transmite a los granaderos montando tordillos sobre la pista, debajo hay un santuario con ofrendas a la Virgen, a la que algunos le rezan antes y después de subirse a caballos de media tonelada de fuerza y músculo. Cuando en la transmisión suena el himno nacional, el jolgorio juvenil se detiene y se ponen de pie en silencio mirando la pantalla. Una carrera después llega Pereyra, campeón de la fecha, que vuelve a cambiarse. Tiene que seguir corriendo.

Fuente: La Nación